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Sentada en una piedra, contemplando el invierno,
te vi. Subida a un escabel,
pretendias alcanzar la ventana para mirar a la luna.
A la luna la creia mia,
por eso me apeteció darle una patada al escabel
y dejarte colgando en la ventana.
Entonces volviste la cara hacia mi, y vi en ella una lágrima negra,
y supe que debía dejarte pintar a mi luna con tus acuarelas.
Cuando llegó la primavera, mi luna era ya tan bonita!
Pintada con todos los colores del arcoiris
y un brillo especial que solo tú pudiste darle.
No habías dejado de subir a tu escabel ni un solo día,
para desde tu ventana poder amarla,
y entendiendo que yo estaba cubierta de nieve
decidiste bajar del escabel,
para venir a rescatarme y amar juntas a la luna.
Yo no tuve que bajar la mirada, sino levantarla...
y subirme al escabel,
para poder darte un beso y decirte con él
que la sabiduría que me ha dado el invierno
no dejará que jamás te haga daño,
y si no la adquirí durante tantos inviernos,
me tejeré un traje de hojas de otoño y me confundiré,
con la tierra, cuando parece que muere.



